Se
levantó pasadas las diez de la mañana. Su primera borrachera. Se
juró a si misma que jamás volvería a hacerlo, pero eso sonaba a la
típica sentencia que hacía toda persona al sufrir una resaca. Era
domingo, no importaba su apariencia aunque quizá tampoco importara
mucho durante el resto de la semana. Abrió el ropero para elegir su
ropa y miró el espejo. Hacía años que no se miraba en él así,
desnuda. Se quedó mirando la imagen que reflejaba y se dijo
mentalmente: “¿En qué te has convertido? Solo un despojo humano
que se hunde en su propio mundo” Seguidamente bajó la cabeza.
Mientras elegía sin mucha gana su vestuario de aquel día, algo
alertó a sus sentidos. Escuchó un llanto. No era un llanto normal,
era profundo, sentido, no sabría como describirlo. Se apresuró a
vestirse y se acercó a la ventana. Era una niña de unos nueve años
que lloraba bajo el árbol que estaba frente a su ventana, ese árbol
junto al que ella se sentaba cuando era una niña. Subió la persiana
despacio e intentó hablar con ella:
-
¿Qué te pasa pequeña?- pensó que no respondería pero se
equivocó.
-
Estoy sola.
-
¿Te has perdido? ¿Puedo ayudarte?
- No
me he perdido, siempre estoy sola. Nadie quiere estar conmigo dicen
que soy rara, fea…
-
Eso no es verdad cariño. Eres una niña preciosa.
-
Estás mintiendo, me he visto en el espejo, no soy nada.
-
Esperame un momento, bajo a la calle y hablamos.
Corrió
hacia la zapatera y cogió las zapatillas, no le importó mucho que
estuvieran rotas, tenía prisa. Quería abrazar a esa niña, decirle
que era la niña más bonita del mundo, decirle que debía quererse
cada día sin dar importancia a las palabras de los demás. Cuando
llegó junto al árbol no quedaba rastro de la niña. Era imposible,
apenas había tardado dos minutos en llegar. Su mirada se
entristeció. Antes de girarse para subir de nuevo a casa se fijó en
el tronco del árbol. Había algo escrito. Se acercó y leyó: “eras
tú”. Quedó paralizada por unos segundos. Aquella niña se parecía
a ella, era idéntica pero ¿cómo podía ser? Empezó a recordar
como era ella a esa edad, como le dolían los comentarios de otros
niños, como se encerraba en su habitación a llorar, como se
abrazaba a aquel árbol en el que tantas tardes se lamentaba de ser
como era. ¿Cómo era? Era solo una niña con grandes ilusiones a la
que le gustaba fantasear y vivir cada día con alegría, pero eso,
para sus amigos no era “normal”.
Subió
a casa reflexionando. Subía los peldaños sin darse cuenta de que
los vecinos pasaban por su lado. Daba igual, jamás la saludaban por
más que ella les regalara una gran sonrisa. Entró en la casa.
Aquella niña era ella. Había ido guardando todas esas tristezas en
su vida, se había encerrado en una burbuja para permanecer a salvo
de las críticas. A salvo, sí, pero sin ser ella misma. Fue hacia su
espejo. Miró la imagen que le ofrecía y recordó a esa niña.
Sonrío, se abrazó con sus propios brazos y simplemente dijo:
"Desde hoy, vamos a querernos"


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