13 febrero 2019

Llegadas inesperadas

Quienes llevan tiempo leyéndome, saben, que en ocasiones dejo aquí pequeños relatos. No es lo mío, pero a veces se me ocurren y tengo que escribirlos. Hoy les dejo uno, espero que les guste


Llegadas inesperadas
 
 
 


        Cierto día llamó a mi puerta el señor silencio. Con cortesía, le invité a pasar y a tomar asiento en mi viejo sillón. Tuvimos una interesante charla, aunque, creo que sólo hablaba yo, pero no importaba. El silencio es un señor que sabe escuchar muy bien, es especialista en dar respuestas sin una sola palabra. Inocente de mí, creí que sólo estaba de visita, pero su estancia se prolongó... primero fueron días, luego semanas, más tarde meses... y así fueron pasando los años. Tal vez no pasó tanto tiempo, tal vez, simplemente, el silencio se me hacía muy largo. No es que yo no aprecie su compañía me atreví a decirle en una ocasión, pero, en ocasiones desearía que usted se fuera a dar un paseo... Una elegante forma de echar a alguien de tu casa, pero aunque pilló la indirecta, siguió sentado en aquel sillón con la excusa de que venía para ayudarme a reflexionar sobre cosas que no pensaría sin su presencia.

 
        Repentinamente algo cambió. Alguien llamo a mi puerta, bueno, digo alguien pero eran dos a los que yo siempre veré como uno. Se llamaban estrofa y poema. Fue un flechazo, me encandiló poema. Tenía los ojos cargados de todos los sentimientos del mundo. Su hermana estrofa, no paraba de hablarle e insistirle en que cambiara sus rimas. Yo, embobada con su imagen, les ofrecí tomar asiento junto al señor silencio. Él creyó que yo le echaría de casa al ver como les trataba, pero no lo hice. Me había acostumbrado tanto a él que le necesitaba por mucho que en ocasiones me hiciera derramar más de una lágrima.

 
        Allí, sentados en aquel sillón, vivimos maravillosos momentos. Cuando estrofa hablaba demasiado, la miraba el señor silencio y cuando poema lograba una rima, yo, la escribía rápidamente en mi cuaderno, incluso en ocasiones, sin él saberlo, escribía aquello que no rimaba, pues a mí me parecía que poema no dependía de ninguna rima. Secretamente, el silencio se enamoró de la estrofa y yo me derretía por poema, sin sacar de mí el inolvidable cariño que le había tomado al silencio. Quizá por eso muchas estrofas son invadidas por el silencio... y quizá por eso el poema a veces nace de mis manos... y a veces, simplemente queda en un maravilloso silencio que se mece entre los brazos de mi alma.


 


Foto original Imagen de Claire Lumley en Pixabay

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