Hoy toca un cuentito, espero que les guste
El viejo roble
Existe un antiguo
bosque en algún lugar del mundo donde los niños juegan libremente.
En ese lugar hay muchos árboles, unos viejos, otros jóvenes, otros
que crecerán en un futuro, sin embargo, hay uno muy especial. Se
preguntarán por qué es especial, quizá cuando conozcan su
historia, lo entenderán.
Cerca del bosque hay
un pequeño parque donde miles de niños juegan. Por las tardes, en
ocasiones, dan un paseo para disfrutar del aire puro que se puede
respirar en él. Algunos trepan hasta la copa de los árboles, otros
se sientan a leer apoyados en sus troncos, otros los abrazan, y
algunos, afortunadamente pocos, hacen daño a sus ramas. Es hermoso
visitar ese lugar después de una temporada de lluvia, sus hojas
verdes y su madera mojada invitan a respirar profundamente y a
sentirnos vivos en ese pequeño espacio de naturaleza.
Sheila es una de
esas niñas que suelen jugar en el parque cada día. Desde muy
pequeña su madre la acostumbró a pasear por el bosque tras su
tiempo de juego. Los niños se burlan un poquito de ella porque cada
vez que lo visita, se sienta al lado del mismo árbol y se pone a
hablar con él, como si la escuchara. Es cierto, todos sabemos que
los árboles no pueden hablar, pero sí pueden sentir, o al menos eso
es lo que piensa Sheila. En su prodigiosa imaginación, ella escucha
como ese viejo roble le contesta. Según ella, aunque no los
escuchemos, los árboles nos hablan, sólo hay que tener los oídos
bien abiertos para escucharles.
Un día, cuando
Sheila acude a visitar a su amigo de madera, ve a unos niños que le
rompen una rama. Corriendo hacia ellos les grita que le dejen, que no
le hagan daño, pero los niños, como siempre crueles sin quererlo,
la llaman “la loca del árbol” y se vuelven a burlar de ella. La
niña abraza fuertemente a su amigo intentando consolarlo tras el
ataque de esos bárbaros. Abrazada a él se queda dormida y tiene un
hermoso sueño.
Durante el sueño,
escucha una voz suave y dulce que nunca antes había oído. “Gracias,
Sheila. Esos niños me han hecho mucho daño, pero gracias a ti no me
siento triste. Sé que nunca me escuchas, que no puedes oír mi voz,
sin embargo, yo si te escucho y me encanta que me visites cada día,
me hables y juegues conmigo”. De repente, la niña despertó al oír
a su madre llamándola. Miró al árbol con una enorme sonrisa y se
fue corriendo mientras decía “volveré”. Cuando llegó a donde
estaba su madre, Sheila, le contó su sueño. Su mamá le dijo que
era un sueño hermoso pero que solo era eso, un sueño. Estas
palabras entristecieron un poco a la niña, pero ella estaba segura
de que era más que eso.
La niña siguió
visitando a su amigo día tras día, e incluso, pedía que sus
cumpleaños se celebraran allí. Ya tenía 9 años, pero seguía,
adorando a ese viejo roble con el que tantos juegos había
compartido. Sin embargo, sus amigos, se burlaban día tras día de
ella. Un día fueron tantas las burlas que se escapó del colegio. El
trayecto desde su colegio hasta el bosque era bastante largo pero
ella sabía perfectamente como llegar con su bicicleta. Cuando llegó,
corrió llorando hasta donde se encontraba el árbol y allí habló
con él, rogándole que le hablara de nuevo. Permaneció horas y
horas sentada a sus pies, tantas horas, que se durmió.
Mientras la niña
dormía, sus padres la buscaban por todos lados, estaban muy
asustados. Unas gotitas de lluvia la despertaron. Había oscurecido y
empezaba a llover. Sheila tenía miedo, no sabía que hacer. Abrazó
fuertemente al árbol y le pidió ayuda, pero, de nada sirvió, no le
hablaba. Lloraba desesperada y repentinamente las viejas ramas del
árbol se movieron por el viento haciendo que una enorme manta que
llevaba meses enredada cayera sobre la niña para protegerla del frío
y la lluvia. Pasadas unas horas, sus padres la encontraron. La lluvia
estaba parando y Sheila se había quedado dormida bajo aquella manta.
La niña abrazó a sus padres con una sensación de alivio y les
contó que su amigo la había ayudado. Nadie la creyó, todos
pensaron que fue una casualidad que encontrara esa manta y la
reprendieron por haberse escapado. Con la cabeza agachada aceptó los
reproches pero en su pensamiento había un recuerdo que nadie le
robaría jamás, el recuerdo de cómo su gran amigo hizo lo que pudo
para ayudarla.
Quizá ustedes creen
que la niña se olvidó de su amigo, pero no es así. Hoy la niña ya
no es tan niña, y sigue visitando al viejo árbol con quien hoy
juegan sus hijos. Cuando su hija le dice que puede oír la voz del
viejo roble, ella no se burla, tampoco trata de explicarle que eso no
es real tan solo le dedica unas palabras: “el amigo más
silencioso, aquel a quien sólo tú escuchas, será el que siempre
estará a tu lado” .

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