26 mayo 2016

El viejo roble


Hoy toca un cuentito, espero que les guste



El viejo roble


Existe un antiguo bosque en algún lugar del mundo donde los niños juegan libremente. En ese lugar hay muchos árboles, unos viejos, otros jóvenes, otros que crecerán en un futuro, sin embargo, hay uno muy especial. Se preguntarán por qué es especial, quizá cuando conozcan su historia, lo entenderán.

Cerca del bosque hay un pequeño parque donde miles de niños juegan. Por las tardes, en ocasiones, dan un paseo para disfrutar del aire puro que se puede respirar en él. Algunos trepan hasta la copa de los árboles, otros se sientan a leer apoyados en sus troncos, otros los abrazan, y algunos, afortunadamente pocos, hacen daño a sus ramas. Es hermoso visitar ese lugar después de una temporada de lluvia, sus hojas verdes y su madera mojada invitan a respirar profundamente y a sentirnos vivos en ese pequeño espacio de naturaleza.

Sheila es una de esas niñas que suelen jugar en el parque cada día. Desde muy pequeña su madre la acostumbró a pasear por el bosque tras su tiempo de juego. Los niños se burlan un poquito de ella porque cada vez que lo visita, se sienta al lado del mismo árbol y se pone a hablar con él, como si la escuchara. Es cierto, todos sabemos que los árboles no pueden hablar, pero sí pueden sentir, o al menos eso es lo que piensa Sheila. En su prodigiosa imaginación, ella escucha como ese viejo roble le contesta. Según ella, aunque no los escuchemos, los árboles nos hablan, sólo hay que tener los oídos bien abiertos para escucharles.




Un día, cuando Sheila acude a visitar a su amigo de madera, ve a unos niños que le rompen una rama. Corriendo hacia ellos les grita que le dejen, que no le hagan daño, pero los niños, como siempre crueles sin quererlo, la llaman “la loca del árbol” y se vuelven a burlar de ella. La niña abraza fuertemente a su amigo intentando consolarlo tras el ataque de esos bárbaros. Abrazada a él se queda dormida y tiene un hermoso sueño.


Durante el sueño, escucha una voz suave y dulce que nunca antes había oído. “Gracias, Sheila. Esos niños me han hecho mucho daño, pero gracias a ti no me siento triste. Sé que nunca me escuchas, que no puedes oír mi voz, sin embargo, yo si te escucho y me encanta que me visites cada día, me hables y juegues conmigo”. De repente, la niña despertó al oír a su madre llamándola. Miró al árbol con una enorme sonrisa y se fue corriendo mientras decía “volveré”. Cuando llegó a donde estaba su madre, Sheila, le contó su sueño. Su mamá le dijo que era un sueño hermoso pero que solo era eso, un sueño. Estas palabras entristecieron un poco a la niña, pero ella estaba segura de que era más que eso.


La niña siguió visitando a su amigo día tras día, e incluso, pedía que sus cumpleaños se celebraran allí. Ya tenía 9 años, pero seguía, adorando a ese viejo roble con el que tantos juegos había compartido. Sin embargo, sus amigos, se burlaban día tras día de ella. Un día fueron tantas las burlas que se escapó del colegio. El trayecto desde su colegio hasta el bosque era bastante largo pero ella sabía perfectamente como llegar con su bicicleta. Cuando llegó, corrió llorando hasta donde se encontraba el árbol y allí habló con él, rogándole que le hablara de nuevo. Permaneció horas y horas sentada a sus pies, tantas horas, que se durmió.




Mientras la niña dormía, sus padres la buscaban por todos lados, estaban muy asustados. Unas gotitas de lluvia la despertaron. Había oscurecido y empezaba a llover. Sheila tenía miedo, no sabía que hacer. Abrazó fuertemente al árbol y le pidió ayuda, pero, de nada sirvió, no le hablaba. Lloraba desesperada y repentinamente las viejas ramas del árbol se movieron por el viento haciendo que una enorme manta que llevaba meses enredada cayera sobre la niña para protegerla del frío y la lluvia. Pasadas unas horas, sus padres la encontraron. La lluvia estaba parando y Sheila se había quedado dormida bajo aquella manta. La niña abrazó a sus padres con una sensación de alivio y les contó que su amigo la había ayudado. Nadie la creyó, todos pensaron que fue una casualidad que encontrara esa manta y la reprendieron por haberse escapado. Con la cabeza agachada aceptó los reproches pero en su pensamiento había un recuerdo que nadie le robaría jamás, el recuerdo de cómo su gran amigo hizo lo que pudo para ayudarla.


Quizá ustedes creen que la niña se olvidó de su amigo, pero no es así. Hoy la niña ya no es tan niña, y sigue visitando al viejo árbol con quien hoy juegan sus hijos. Cuando su hija le dice que puede oír la voz del viejo roble, ella no se burla, tampoco trata de explicarle que eso no es real tan solo le dedica unas palabras: “el amigo más silencioso, aquel a quien sólo tú escuchas, será el que siempre estará a tu lado” .



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