07 agosto 2015

Casualidad







Las casualidades de la vida nos colocan ante hechos y situaciones inesperados, así es como aprendemos e interiorizamos conocimientos que no nos enseñan en las escuelas ni en las universidades. Ayer viví una de estas situaciones. Era un día normal pero por circunstancias de la vida tuve que permanecer en una sala de espera aguardando por la intervención de un familiar. Me abrumaba la idea de esperar todo el tiempo sin hablar, observando a la gente que entraba y salía, teniendo la incómoda sensación de que todo el mundo te miraba. Eché de menos tener un buen libro entre mis manos, sin embargo, la espera no fue tan mala como yo creí.


Cuando me disponía a sentarme vi a una chica un poco mayor que yo, y la conversación surgió en tono de humor por unos comentarios. De la nada empezamos a hablar de diversos temas, la conversación era distendida, no nos costaba hablar aunque al principio las personas que aguardaban en la misma sala nos miraban como dos bichos raros. Ignoro el motivo, quizá se sorprendían de la familiaridad de nuestras palabras, quizá porque la otra chica tenía un tono de voz más elevado y una risa sonora o quizá simplemente porque no tenían nada que hacer. Lo cierto es que a mi no me importaba escuchar y mucho menos hablar, así pensaba en otras cosas. Su voz mostraba euforia y nerviosismo al mismo tiempo, pero también contaba las cosas haciendo que te las imaginaras. En ciertas ocasiones me sentí desconcertada. Me contó algunas cosas personales que yo no compartiría con un desconocido, y, si soy sincera, nunca creo en todo lo que me cuentan, siempre lo pongo todo entre interrogantes, pero no por ello dejé de dar mi opinión o de hablar. Nuestra conversación duró todo el tiempo de espera. No sé si fui su desahogo o si ella fue mi tabla de salvación contra el aburrimiento. No sé su nombre ni ella sabe el mío. Solo sé que durante casi una hora hablamos de temas muy dispares, con opiniones muy diferentes y, a mi modo de entender, con formas muy diferentes de ver la vida. 

Nuestros familiares salieron con una diferencia de cinco minutos, o quizá menos. Nos despedimos sin más pero al hacerlo vi como la persona por la que que ella esperaba le hablaba. Se dirigía hacia ella con dureza, frialdad, lejanía y con un tono autoritario que me llenó de nervios y me dejó muy triste. Fue entonces cuando entendí que esa mujer que parecía tan alegre, no era tan feliz como parecía, porque las palabras también hieren, y más cuando es una persona a la que quieres. No me arrepiento de haberla escuchado, no sé si lo que contaba era cierto de todo o yo soy una ingenua pero en algún momento todos necesitamos unos oídos que puedan y quieran escuchar y una voz que no nos exija nada. Solo espero haber sido, por un momento, esos oídos y esa voz.



No hay comentarios: