Camino cerca de la playa , como tantas tardes he hecho. Supongo que
otros caminantes que me ven pensarán que estoy loca. Me gusta abrir bien
los ojos para no perderme los detalles, captar el aroma del mar, oír
las voces de los que caminan como yo. Voy sin rumbo exacto, sin destino,
observando todo lo que se cruza ante mí. En un momento dado me paro y
miro hacia el horizonte. Un espectáculo tiene lugar ante mis ojos. La
tarde empieza a anunciar la llegada de la noche. Unas nubes
parecen besarse, pero entre ellas todavía queda luz, esa luz pequeñita
que deja su rastro en la orilla. Me quedo ensimismada mientras observo
con asombro el momento. ¡Qué pena que mi cámara no funcione tan bien
como para captar esto! En mi cabeza encuentro una melodía reciente, la
letra de esa canción que dice “yo soy solo un niño, con los pies
descalzos”. También yo soy esa niña a la que ahora mismo le gustaría
saltar descalza a la arena aunque este fría, aunque los rugidos de las
olas puedan asustar, aunque todos la miren. Correr por la playa con los
brazos abiertos como tantas veces lo hice de niña al bajar las cuestas
simulando que pilotaba un gran avión. Aquella que sonreía
constantemente sin dar importancia a otra cosa que no fuera ser feliz.
Si embargo, la tarde se esfuma, la noche llega cubriéndolo todo y mis
pasos poco a poco se pierden entre la gente que transita por el paseo,
personas que por un instante se volvieron invisibles dejando que la niña
se descalzase y jugase con el mar.

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