Antonio Machado, fue
un reconocido poeta que nació en 1875 en Sevilla, cuna de grandes
artistas e insignes poetas. En él influyeron las corrientes del
modernismo y el simbolismo, sin embargo, su lírica pertenece sin
duda a la conocida “Generación del 98”. Su padre era el
folclorista Antonio Machado y su hermano Manuel Machado, también un
reconocido poeta. Pasó su infancia en Sevilla y en 1883 se trasladó
a Madrid con su familia.
En Madrid estudió y
en 1899 trabajó para la editorial Garnier durante un primer viaje a
París, a donde regresaría más tarde coincidiendo con Rubén Darío.
Al regresar a España, frecuentó los círculos literarios donde
conoció a Juan Ramón Jiménez, Valle- Inclán y Unamuno.
En 1910 le fue concedida una pensión para estudiar filología en París
durante un año, estancia que aprovechó para asistir a los cursos de
filosofía de H. Bergson y Bédier en el College de France. Tras la muerte
de su esposa, en 1912, pasó al instituto de Baeza.
Finalmente se
doctoró en Filosofía y Letras en 1918, desempeñó su cátedra en
Segovia y en 1928 fue elegido miembro de la Real Academia Española.
La Guerra Civil empezó cuando se encontraba en Madrid. En enero de
1939 emprendió camino al exilio, pero la muerte lo sorprendía en
Colliure (Francia).
Su Obra
Sus primeros poemas
se publicaron en Electra, Hellos y otras revistas modernistas,
corriente en la cual se sentía identificado. Las composiciones
incluidas en “Soledades” (1903) revelaron la influencia del
modernismo en él pero se distanciaría de la imaginería decorativa
de la escuela rubeniana para profundizar en la expresión de
emociones auténticas, a menudo plasmadas a través de un sobrio
simbolismo. En su siguiente libro Soledades, galerías y otros poemas
(1907), reedición y ampliación del anterior, se observaba un tono
más melancólico e intimista, el uso del humor como elemento
distanciador y sobre todo la intención de captar la fluidez del
tiempo.
Al igual que
Unamuno, Machado consideró que su misión era "eternizar lo
momentáneo", capturar la "onda fugitiva" y
transformar el poema en "palabra en el tiempo". En los años
posteriores se acentuó su meditación sobre lo pasajero y lo eterno
en Campos de Castilla (1912), pero no por medio de la
autocontemplación, sino que dirigió la mirada hacia el exterior, y
observó con ojos despiertos el paisaje castellano y los hombres que
lo habitaban. Una emoción austera y grave recorre los poemas de este
libro, que evoca la trágica España negra tan criticada por la
Generación del 98 desde una perspectiva regeneracionista, al tiempo
que se describe con hondo patriotismo la decadencia y ruina de las
viejas ciudades castellanas.
En, Nuevas
canciones (1924), el autor intensificó tanto su enfoque
reflexivo como la línea sentenciosa de los "Proverbios y
cantares" incluidos en el libro anterior. Esta tendencia
filosófica se manifestó entre 1912 y 1925, etapa en la que Machado
redactó una serie de apuntes que verían la luz póstumamente con el
título de Los complementarios (1971).
Paralelamente, en
las ediciones de Poesías completas de 1928 y 1933 se decanta
una lírica de tema amoroso y erótico inspirada por la que fue, tras
la muerte de su esposa, su gran pasión en la vida real, Pilar de
Valderrama, llamada Guiomar en dichos versos. Ya durante la contienda
civil Machado escribió algunos poemas y varios textos en prosa,
parte de los cuales fueron recogidos en La guerra (1937). Se
trata de escritos testimoniales, plenamente incardinados en las
circunstancias históricas del momento.
Los sueños
El hada más hermosa ha sonreído
al ver la lumbre de una estrella pálida,
que en hilo suave, blanco y silencioso
se enrosca al huso de su rubia hermana.
Y vuelve a sonreír porque en su rueca
el hilo de los campos se enmaraña.
Tras la tenue cortina de la alcoba
está el jardín envuelto en luz dorada.
La cuna, casi en sombra. El niño duerme.
Dos hadas laboriosas lo acompañan,
hilando de los sueños los sutiles
copos en ruecas de marfil y plata.
al ver la lumbre de una estrella pálida,
que en hilo suave, blanco y silencioso
se enrosca al huso de su rubia hermana.
Y vuelve a sonreír porque en su rueca
el hilo de los campos se enmaraña.
Tras la tenue cortina de la alcoba
está el jardín envuelto en luz dorada.
La cuna, casi en sombra. El niño duerme.
Dos hadas laboriosas lo acompañan,
hilando de los sueños los sutiles
copos en ruecas de marfil y plata.
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